Para cualquier asiduo a la fantasía y la literatura de ficción, Neil Gaiman ya es el viejo inglés que escribió aquella saga larga de historietas que involucraba entidades eternas, amoríos entre dioses viejos que caminaban la tierra y personajes de DC, malas resacas cósmicas que resultaban en estornudos mágicos. Muchos personajes pintorescos y palabras de poeta se mezclan siempre en la prosa del ye olde escritorzuelo. Y con American Gods no pasa nada muy alejado de la bahía donde le gusta fondear al viejo Neil.

No me tomen esto como algo malo. El muchacho de barba rala y pelos locos que contesta desde su tumblr cualquier pregunta de fans y allegados tiene un estilo marcado no solo por la tradición de la literatura fantástica inglesa, sino que es uno de los autores que mejor aggiorna obras del año del pedo con el posmodernismo y los corazones rotos ochentosos al mejor estilo The Cure. De este lado de la ruta, el señor se ha sabido ganar, a fuerza de historias orladas por un fantasma gótico propio de la época que le tocó vivir, un lugar bien merecido.

 

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Y si de rutas hablamos es porque este es un libro de rutas y caminos. Y en gran parte es porque es un libro específicamente americano en el sentido más doblaje-mexicanoide-atp posible. El propio Gaiman confiesa, en una entrevista anexada a la edición que conseguí, que tenía miedo de que lo fajen por ser un inglés que metía sus narices en lo que significaba ser americano, en lo que subyacía abajo de toda la faz actual de una nación forjada a cal y canto. Y es que a Gaiman, con ese afán antropológico de rebuscar entre teo y cosmogonías, no le faltan motivos para llenarse las uñas de tierra escarbando las raíces de los lugares y las personas de las que habla.

Dejémoslo claro: Gaiman acá sigue una línea muy parecida a la que existe en Sandman y nos cuenta por arriba, casi desde los ojos de un fantasma, la historia de los viejos y los nuevos Dioses en Estados Unidos. Esto es: los Dioses que existían y los que trajeron los inmigrantes, plus los Dioses que sucedieron y reemplazaron al resto en función y hecho. Tenemos un niño tecnológico, por ejemplo, que fuma cigarrillos que huelen a cables quemados, y tres hermanas de nombres rusos que vigilan la luna para que no se abalance sobre la tierra en diferentes momentos del día.

La historia la lleva encima como un saco mugriento un hombre llamado Sombra que empieza el relato en prisión como si fuese una entidad extracorporea. Pierde a su esposa y la llora, pero en el medio se cruza con un extraño hombre de negocios que se llama Wednesday (Miércoles) y que le propone un trabajo que no queda del todo claro. Empieza, entonces, un road trip larguísimo por un país chato donde aparentemente no pasa mucho mientras Wednesday visita viejos amigos para convencerlos de que se unan a su causa.

Este libro es un viaje largo al volante, con la ruta delante, y como una cosa así puede fermentar de monótono a aburridísimo, Gaiman lo sazona con historias pequeñas que orbitan a la trama principal, un recurso que también le conocemos de Sandman y que le sale bastante bien porque enriquece el universo que nos muestra sin volverse una cosa hiperñoña de agitar conocimiento en las narices del lector. Como si estuviésemos cambiando de estaciones de radio o temas de conversación en la ruta, Gaiman nos muestra un número limitado pero variado de historias simples donde a veces se permite ser todo lo melancólico, nostálgico o dulce que puede ser.

American Gods es un viaje en ruta, no un libro, y uno bastante bueno. Háganlo cuando puedan.

 

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