Me imagino que debía tener dolores de cabeza, de muelas,  preocupaciones por pagar los servicios. Debe haber leído y conversado con muchos autores, pensando en que nunca escribiría como ellos. También debe haber reputeado el tener que levantarse temprano,  laburar en veinte millones de oficios para rebuscar el mango y, también, inflar el globo aerostático del trabajo con algo más que experiencia y “saber-hacer”, como le dicen ahora. Pero aún así y todo, pensándolo en el lugar más común de las personas, hay una porción de la torta que nunca va a estar completa, radiografiada o etiquetada del todo. Hay un pedazo de Rodolfo que va a seguir siendo así de esquivo y pronunciado, un poco como su obra.

Sabemos que muchos de sus relatos están construidos a partir de lo autobiográfico (¿Qué escritor no lo hace?). También sabemos que nunca cejó en perseguir un material de calidad en lo que escribía. Era fiel y leal a sí mismo en un mundo donde la investigación estaba para el que movía más el culo y rompía las bolas preguntando pavadas. Aprendía de otros y siempre le echaba el guante a todo lo que podía, en materia de hojas impresas. Esto es rescatable en una realidad edificada sobre los vaivenes nacionalistas y las pancartas sindicales populares que vieron florecer la mayoría de su obra. También existe en él un carácter de reflexión y cuestionamiento permanente: apoyaba la revolución libertadora y no quería a Perón pero, en cuanto Aramburu y sus secuaces mostraron los fierros, en cuanto empezó a hablar con fusilados que vivían dejó de hacerlo. Dejó de hacerlo porque ese mismo estado y ese mismo gobierno era de facto, absoluto, y no reconocía la masacre civil que había llevado a cabo.

No es fácil volver sobre los pasos sin tener una base reconocible a la cual regresar. Para Walsh, esa base se asemejaba (con sus distancias) al mismo punto de retorno que también llevó adelante un contemporáneo suyo como fue Oesterheld: el del héroe colectivo, no la figura troncal idolatrada. El personalismo característico Peronista era una cosa no aborrecible, más poco práctica: y las masas empoderadas necesitaban un líder, necesitaban un lugar a dónde apuntar. En estos rasgos tan horizontales es donde Walsh se refleja más humano y quizás, auténtico, en un ambiente donde muchas veces era más simple decantar por el trabajo callado, la falta de opinión, comentar el clima y seguir digiriendo la comida en vez de pensarse y re-pensar las instituciones que nos contienen. El contacto con la revolución cubana, la búsqueda incansable de la verdad y el poder tutearse cara a cara con gente tan siniestra como el coronel alemán de Esa mujer son rasgos que hacen a un hombre comprometido con esa, la base a la cual regresar cuando lo conocido se tambalea.

rodolfo-walsh_1Rodolfo quizás no lo sepa en el momento de producción del grueso de su obra (tal vez lo pudiera adivinar), pero su Operación Masacre, ese libro que él escribe para que trabaje en el tiempo y con el tiempo, no le va a dar el Pulitzer que persigue. No va a conseguir plantar la palanca para parapetarlo al presente, pero sí logra activar los resortes que lo impulsan al futuro. Probablemente lo sepa y son cosas que se dejan ver en sus gestos, de a poco y sin cesar: la obsesión que tenía con los códigos escupidos por los teletipos en La Habana, que no eran más que mensajes en clave provenientes de la embajada norteamericana en Guatemala; el devaneo entre ser un escritor blanco y letrado que escriba ficción y cuento negro para una masa burguesa, blanca y letrada como él o transformarse de lleno en un periodista que comunique lo que se desvanece en la memoria; el seguir recavando información, incansablemente, de las injusticias que toma en presente y a pasado.

Es fácil imaginárselo, pero difícil, realmente difícil aproximar qué pasaba por su cabeza la noche del alzamiento fallido. Difícil pensar en esa sensación, ese rumor de “va a pasar algo”, el miedo a la amenaza permanente sobre la familia, el grito de muerte de un conscripto que no llega siquiera a gritar “viva la patria” antes que lo maten. Creo que achicar la distancia entre lo que él escribía desde la ficción hasta lo que pasaba en las calles de sus ciudades y con protagonistas tan tangibles como cualquier vecino es el punto de escisión donde él, considerando todos sus recursos y sus armas, decide y se define como lo que va a ser: el periodista que no se calla, el escritor que no deja de investigar. Por eso también su carta abierta está tan plagada de datos duros y de testimonios específicos. Por eso se siente fracasar cuando el juicio de Operación Masacre se cajonea. Por eso sigue adelante con La CGT de los Argentinos hasta que lo clausuran por decreto con la muerte de Vandor. Y por eso va armado cuando lo masacran en plena calle, en un intento fallido de secuestro y desaparición que termina encaramándolo en una de las olas más negras de cadáveres que tiene nuestra historia.

Rodolfo Walsh se sabe escritor. Sabe lo poderosa que es la palabra. Lo ha visto con el paso del tiempo, ha visto el efecto que tiene en chicos, adultos, viejos, jóvenes que piensan y critican. Sabe lo que puede movilizar y sabe que esa injusticia, ese saqueo y la destrucción sistemática de eso que es de todos (que podemos llamar patrimonio, de alguna forma) no puede, no debe pasar desapercibido. Y para eso, para que no pase desapercibido, está dispuesto a jugársela hasta las últimas condiciones, siempre.

Él garabatea en un manual de estilo para novatos del ’59, que el periodismo debe componerse de dos cualidades: rapidez y exactitud. Igual que su vida, que fue directo al hueso en cada palabra, buscó el dato en cada testigo y pasó, fugaz, como todo aquel que ventila lo que los grupos de poder no quieren que se vea, se oiga o se discuta.


Reflexiones y comentarios que nacieron a raíz del conversatorio “40 Años de la muerte y desaparición de Rodolfo Walsh”, organizado por Modelo para armar, de la que tuve el gusto de formar parte.

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