Desde que Oppenheimer y sus amiguillos dejaron al aire libre esa hermosa y para nada anticuada arma de destrucción masiva que es la bomba H, los escenarios regados de ruinas fueron moneda común en la ficción. Con el ímpetu con el que surgió la ciencia ficción y las advertencias sobre un mundo detonado, las variedades que devienen de la destrucción del universo del hombre con sólo apretar un botón eran demasiado tentadoras para dejarlas pasar. En Supergods, Grant Morrison describe perfectamente esta sensación de paranoia total y de militancia en contra de la bomba atómica y la utilización de armas de tal calibre, pues la posibilidad de ser volatilizados ante la primera decisión poco inteligente de un sistema de defensa era más que tangible. Las noticias de pruebas atómicas en el pacífico o en el ártico, sumadas a propaganda propia de la guerra fría no colaboraban a dejar la imaginación quieta.

Así surgió y floreció ficción muy bella sobre la vida (o la falta de ella) en las ruinas del mundo como lo conocemos: ejemplos como El holandés errante, de Ward Moore, donde las máquinas de guerra automatizadas son lo único que se sigue moviendo sobre la faz de un planeta sin vida, o Vendrán lluvias suaves, de Ray Bradbury, donde una casa inteligente es la única testigo de su propio derrumbe, cumpliendo con las tareas para las que fue programada sin detenerse. Muchas otras formas de ver la tierra despoblada se volvieron seductoras y, obviamente, factibles: una pandemia atroz deja el mundo sin gente en La tierra permanece y un surgimiento masivo de vampiros lleva a la extinción a la raza humana en Soy leyenda. Pero, más allá de la cantidad de ficción que lleve al o los sobrevivientes a continuar adelante, a rescatar y rasquetear las ruinas y definir qué pedazos de ética y moral quedan a flote y cuales se hunden en el océano negro con el mundo viejo, hay toda una oportunidad creativa en tomar ese escenario barrido de ruinas y miseria que deja la guerra. Es hacer tabula rasa, borrón y cuenta nueva, de materiales que ya existen y conforman a los personajes que vamos a tomar como narradores y/o protagonistas.

dr bloodmoney

Dr. Bloodmoney incurre en esto dotándolo de vetas propias que confluyen en el universo creativo de Dick. Nota aparte sobre lo que este muchacho puede y quiere hacer y contar de su propio cosmos: Philip K. Dick demuestra, a lo largo de toda su obra, que el universo que nos muestra y nos narra no solo está vivo y respira sino que es mutable y se mueve acorde a lo que necesita. En todas sus novelas se intuye ésto: el saberse metido en una parte minúscula de un todo complejo y maravilloso. Es así que Dick le da una vuelta de tuerca al post-apocalipsis que tergiversa y deja patas arriba muchos de los tópicos que conforman al género como tal. Son las particularidades de sus personajes las que hacen a la historia interesante, no tanto así las formas en las que todos logran sobrevivir al fin del mundo como lo conocen.

Lo que sobrevive y surge en Dr. Bloodmoney es una cruza extraña, si se quiere, entre el concepto de suspenso de Hitchcock y la narrativa acompasada e indetenible del Conan de Robert. E. Howard. Desde el momento uno, en Dr. Bloodmoney está pasando algo, todo el tiempo, y cada capítulo (más bien corto) tenemos un paseo sobre un grupo más o menos recurrente de personajes. Siempre hay una expectativa sobre algo por venir, siempre hay un deseo inconcluso y siempre hay un enigma por resolver, especialmente en cuanto a lo que cada uno de los protagonistas persigue. Haciendo caso de lo que decía el buen Alfred, Dick nos muestra sin explicarnos bien por qué muchas particularidades de sus personajes y las condiciones en las que se encuentran, especialmente parados en un tablero de ajedrez que los tiene enfrentados o de la mano. Ninguno de sus personajes sabe qué pieza es en ese tablero o qué papel cumple en el entramado de su historia y, más bien, se las apañan y se las arreglan como pueden en un contexto por lo general desfavorable.

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No escapa al lector desatento que muchos patrones en la escritura de Dick se repiten, más allá de estar presentándonos un mundo donde las bombas dejaron todo desordenado, donde ya no existen la medicina, ni la electricidad, ni los cigarrillos industriales ni la capacidad de conseguir repuestos a cualquier artefacto. El apocalipsis de Dick es miserable desde el sentido material: la gente se aferra a su única riqueza, que son los relatos narrados por un astronauta en órbita en un satélite que sólo pueden oir a una hora del día, cuando la estación está cerca para emitir y la radio está predispuesta a  recibir. Se resignan a sobrevivir y seguir con su vida de la forma en que pueden pero ninguno de ellos, ni los que obtienen cualidades especiales o los que se sospechan todopoderosos, buscan retornar a un mundo anterior. El apocalipsis ha borrado muchas barreras engorrosas y los ha dejado parados en otro momento, nada más: no corrían con una ventaja cabal antes a la que añoren regresar.

Este pragmatismo y cualidad casi Zen de aceptar la desgracia de la forma en la que venga dota a la trama de una forma única de vivir el género, al mismo tiempo de que deja en claro, con su constante conflicto resolviéndose capítulo a capítulo, que el apocalipsis real nunca sucedió para ellos, sino que su entereza como seres humanos permanece más o menos intacta y es sólo sacudida por otros seres humanos. Dr. Bloodmoney es una mirada única a un mundo devastado por las bombas que vale la pena leer por su rapidez y su sencillez a la hora de la escritura, además de que volver a encontrarse con Dick es siempre un placer.

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