La casa de los eucaliptos – Luciano Lamberti

Hace relativamente poco hice una compra masiva de libros que me debía. No llegué ni a palos a todos los libros que tenía que adquirir, pero bueno, ustedes saben como es: la lista de títulos adeudados no hace más que agigantarse con el paso del tiempo. Entre ese grupito de libros estaba éste, que se me había escapado desde hace un tiempo entre otros estantes. Lo llevé porque Lamberti es un escritor que descubrí hace relativamente poco (hace un par de años, con los títulos que le publicó Nudista) y es de esas personas que parece tenerla atada, en sentido más simple de la expresión. ¿Alguna vez vieron a alguien que tiene facilidad para el baile? ¿Esa gente que, naturalmente, puede poner los músculos en movimiento de una forma tan fluida como inimitable? Bueno, cuando uno lee a Lamberti tiene esa sensación también; está encontrando alguien que escribe naturalmente, de alguna forma.

Eso conlleva dos cosas de mi parte; tratar de encontrar las cosas nuevas (o ver qué me puede contar más allá de la forma cuidada que tiene lo que escribe) y mantener una vara relativamente alta, principalmente en entretenimiento pero, también, en cuanto a trabajo puro de escribir. La casa de los eucaliptus, por su parte, cumple con todo lo que uno puede esperar de Lamberti. Es un libro de cuentos que se leen enseguida, fácilmente, casi sin detenerse, y cuentan hechos excepcionales que se suceden uno detrás de otro,  ovillando una concatenación de eventos que atraviesan —generalmente— transversalmente a los personajes que existen y cohabitan ese universo que está tan próximo, tan cercano.

Lamberti trabaja la cotidianeidad y nos recuerda los pliegues de lo imposible que existen, todos los días, en la vida de cada uno de nosotros. Se agarra con fuerza, con uñas y dientes, a lo que nos resulta próximo, hogareño, conocido. El olor a yerba mate, a casa vieja, a campo vacío es algo con lo que nos seguimos encontrando todos los días en los cuentos de él. Y son los lugares donde descansa la ficción en los que él se fortalece; esa gente que desaparece y alrededor de quienes los vecinos tejen noticias o eventos, pero también las interpretaciones que de lo ¿místico? tenemos, todos y cada uno. Viajando hacia el interior (de la gente y del país), Lamberti nos encuentra con lo que no se puede transformar en palabra porque, si lo hace, pierde la magia. Como cuando sabemos que Papá Noel no existe, pero nadie en la familia lo explicita; o, yendo a un ejemplo menos tierno y más cercano a los tópicos que trabaja este libro, cuando una tía abortó, cuando el vecino mató a golpes a su mujer y la enterró en el patio, o cuando los chicos del barrio ahorcan un gato por diversión. Son hechos que uno se encuentra (a veces, de golpe y porrazo) y no tienen palabra.

La palabra torna reales las cosas que habitamos, y muchos de estos lugares suelen quedar en la nebulosa de lo indefinido. En la duda, digamos. Porque los hechos son definitivos; pasó una cosa, no otra. Esa sombra con ojos era el fantasma del tío, no una visión que imaginaba. Por eso nos cuidamos tanto de dejar la puerta abierta de la ficción; preferimos que pueble nuestro anecdotario de barrio a que se transforme en un hecho.

Así como la repetición adormece el contexto en el que vivimos (matan tantas mujeres que ya nos resulta normal, por ejemplo), olvidamos que la normalidad no tiene nada de regular; que la realidad es un lugar errático e imprevisible, donde nada es lo que parece. Quizás también por la fuerza de esta repetición que adormece es que este libro me pareció un buen libro, pero quizás no el mejor que le he leído a Lamberti. Quizás sea la repetición del motivo con el que narra, o quizás sea que esperaba un evento distinto en cada cuento. No estoy diciendo que pierda fuerza ni que lo que narra se diluya en los lugares más comunes, no. Sí estoy diciendo que hay algunos cuentos que son impresionantes, que te dejan de cara, y hay otros cuentos que podrían ser reemplazados y nunca notaríamos la diferencia. Casi como los vecinos de la esquina, digamos.

Buscar el detalle en la ficción y no adormilarse en la normalización son la tarea de este libro que, como la narrativa de Lamberti, tiene la certeza de la duda, la desesperación de lo inverosímil y el recordatorio constante de que no vivimos una vida aburrida y chata, sino que estamos rodeados de historias, sucesos y personas excepcionales que hay que empezar a ver, si nos interesa.

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