Las cosas que perdimos en el fuego – Mariana Enríquez

¿Cómo salimos adelante después de una pérdida enorme en nuestras vidas? Tenemos formas de superar el duelo, y maneras de entenderlo. Dispositivos para elaborar condiciones y realidades que nos superan ampliamente, cosas que nos atraviesan transversalmente y no van a irse a ningún lado. O quizás hipocresías, relatos que nos contamos a nosotros mismos como una manera de preservarnos o de mantenernos íntegros ante la adversidad de lo cotidiano. Algo de todo esto está presente, de una forma medular, en la narrativa de Mariana y se pronuncia en algunos de estos cuentos. Y es que un libro que se elige con un título que destila pérdida por donde se lo mire no es casual ni necesariamente trágico, aunque comparte tópicos adyacentes.

Quien no conozca la narrativa de Mariana puede hacerse a la idea de que estamos ante una autora que habla sin tapujos de lo que le sucede a ella y a sus personajes y, con esto, nos mete de prepo en lugares donde a veces nos gustaría estar y, otras veces, donde ni a palos entraríamos. Los escenarios que recorremos de su mano tienen que ver con situaciones o movimientos que podemos relacionar: viajes al interior casi por casualidad, pero también la historia anecdótica de nuestro barrio; generaciones de vínculos enfermizos con gente ídem, pero también encuentros frenéticos con personas indistintas. Y ahí, siempre dispuesta a salvarnos de lo pesadillesco, está la rutina y la terrible normalidad, ese aplomo que hace que todas estas historias se fundan a negro y no escapen a la locura de lo extraordinario.

Hay cuentos, dentro de este libro, que son cruentamente verosímiles, cosas sobre las que no es necesario irse muy lejos para poder verlas trocarse realidad. Hay elementos ficcionales que se disfrazan tan bien de lo normal que, a veces, permean nuestras propias historias y podemos relacionarlas. Mariana cuenta, así, cuestiones propias que hemos vivido o experimentado y que tenemos para relacionar, o escenarios donde podemos trazar la trama propia de las historias de barrio, los chismes de vieja o las vergüenzas familiares que se tratan de ocultar pero sobre la que cuchillean los primos. Por eso es que cuenta con una propiedad inestimable para cualquier escritor que se precie: sabe envolvernos con lo habitual para contarnos lo inusual. También se sucede al revés, y se da las licencias necesarias para contar fantasías totalmente impracticables que se tornan realidad al localizarlas, con fecha y hora, en lugares conocidos y a los que se puede hallar.

Mariana tiene, también, la virtud de rebuscar los lugares menos recordables o los desprecios que hacemos de un montón de espacios por el asco o el rechazo que nos generan. De esta materia prima se llena las manos, se unta la cara y sale a contarnos los relatos que se regodean en lo escabroso y lo genuinamente julepeante sin que tenga que acusar recibo de los guiños más clásicos que se le pueden hacer a los géneros o los lugares comunes. Así el baño de una estación de servicio, una esquina mal habitada, un asentamiento marginal a orillas del río más contaminado de sudamérica o una chica hablando en público en el subte dejan imagenes perdurables en nuestra memoria, imagenes que, además, hablan por sí solas. Los relatos de Mariana se construyen, sobre todo, de atmósferas; se toma el tiempo para que estén a punto, para que el olor de lo que está cociéndose nos impregne a nosotros y la estancia donde estemos en ese momento, para después desarrollar los desenlaces y generar los lugares de encuentro propios de los relatos. En este sentido, es mucho más importante el cómo que el qué en su escritura. Es la dueña de poder hechizarnos, cuando quiera, con las emociones y las sensaciones propias de quien se sabe maestro de las formas de contar. Y quizás aquí es donde la discrepancia con otros surge; donde la tendencia del cuentista contemporáneo peina para el lado de generar historias interesantes narradas de una forma simple, Enríquez va al revés y se preocupa de contarnos de una forma serpenteante, enroscándose alrededor de la trama, historias que cualquiera de nosotros escuchó (o protagonizó) alguna vez.

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